Informe del caso
del Señor Rojo
Fue alrededor de
las 10 de la noche cuando recibimos la llamada. Mi compañero y yo estábamos en
mi departamento descansando cuando el teléfono sonó, mi compañero atendió la
llamada y alguien nos informó sobre el paradero del hombre que durante más de
un mes habíamos perseguido, al no saber nada de él más que su género lo
llamamos “el señor Rojo“ haciendo referencia al sombrero de ese color que
siempre llevaba. La llamada fue corta y según mi compañero la persona al otro
lado del teléfono parecía tanto apurada como nerviosa, nos dijo que el hombre
que buscamos iba a estar en el hotel “Damián“, en la habitación 101.
Le tuve que
recordar a mi compañero llevar su arma, era costumbre suya dejarla olvidada
siempre.
Cuando llegamos
al hotel, nos dimos cuenta de que a pesar de seguir en pie, dicho hotel hace ya
varios años había dejado de funcionar, llamarlo las ruinas del hotel “Damián“
habría sido más exacto. Ya eran más de las 11 de la noche cuando entramos en
las ruinas del hotel, a pesar de que mi compañero siempre tomaba la iniciativa
en nuestro trabajo, en estas situaciones era yo el que dirigía las incursiones
por ser el mejor tirador entre los dos.
Una sucia
alfombra amortiguaba el ruido de nuestros pasos, confiaba que gracias a eso el
señor Rojo no detectara nuestra presencia.
Debíamos subir
hasta el segundo piso del hotel que era donde comenzaban las habitaciones, al
ver el estado de las gradas entendimos perfectamente por qué el señor Rojo se
había quedado en ese piso y no en uno superior.
Por fin teníamos
en frente de nosotros la puerta de madera oscura que gracias a la linterna de
mi compañero pudimos identificar como la habitación 101, antes de proceder
escuchamos atentamente y parecía estar vacía, mi compañero no perdió tiempo y
utilizando sus herramientas logró abrir la cerradura. Adentro, la habitación
estaba en completa oscuridad excepto por la luz que se escapaba por la rendija
de la puerta del baño y encima de la cama estaba la confirmación de que
estábamos en el lugar correcto, el sombrero del señor Rojo yacía sobre el
edredón de la polvorienta cama.
El señor Rojo debía estar tras la puerta del
baño, le hice cierta señal a mi compañero para que se apartara y derribé la
puerta con la ayuda de dos balas de mi arma, entré rápidamente y encontré lo
que siempre dejaba atrás el señor Rojo un cuerpo con la garganta abierta en el
suelo del baño. Me enfurecí por completo pero mi compañero se percató de algo,
el hombre que estaba el suelo estaba lastimado pero no estaba muerto, por fin
nos habíamos adelantado al señor Rojo y este no pudo terminar su trabajo y esto
significaba que no estaba muy lejos.
En un estado
casi de embriaguez el hombre balbuceó algo sobre la ventana, me asomé y vi a un
hombre correr hacia la avenida, casi como si hubiera sido por puro instinto me
lancé del segundo piso aterrizando sobre un basurero y empecé mi persecución,
mi compañero mucho más inteligente, bajó con más cuidado uniéndose a mi en la
búsqueda del señor Rojo. No éramos policías, no teníamos refuerzos éramos solo
mi compañero y yo contra el señor Rojo.
Yo mismo en
anteriores ocasiones ya había perseguido al señor Rojo y esta vez por fin era
yo el que corría más rápido, cuando consideré que era una distancia prudente
saqué mi arma y disparé una sola vez. La bala impactó de manera casi perfecta
la pierna del señor Rojo, por fin después de tanto logramos atraparlo.
El señor Rojo
estaba terriblemente asustado, balbuceando cosas e implorando piedad. Cuando mi
compañero se nos unió este se enfureció ya que reconoció la voz del hombre al
que yo había disparado, era la misma voz que nos había informado del paradero
del señor Rojo y en nuestra obsesión por capturarlo habíamos dejado en la
habitación 101 del hotel “Damián“ al verdadero señor Rojo.
Fin del informe.
Alex Samaniego
Alex Samaniego